Mensaje sin cucos

Foto: raúl "EL AVIÓN" garcía

Rockear en Lima, just like a woman

Hoy está claro que muchas chicas ya no quieren seguir escuchando las baladitas radiales o las canciones del momento por enésima vez, solo por encajar. Y si así lo quieren, están en su derecho de escuchar rock, de hacer música, de meterse al pogo, de ir solas a los conciertos, de gritar el coro de una canción, de hacer todo eso y más, claramente, sin que nadie las joda. Aquí un ensayo personal sobre ser mujer entre el público de la escena independiente rocker de Lima.

Publicado: 2019-03-07

Voy a conciertos de rock desde los 13 años. Desde entonces bajaba a Jirón Quilca, a comprar mis discos de rock peruano ‘caleta’, mis primeros morrales, parches, y las demás chucherías que podía encontrar en el boulevard. Y cuando iba, a veces me sentía observada, porque claro, era raro ver por ahí a una chiquilla sola, carente aún de ciudadanía, que jugaba a ser punk con sus medias a rayas estiradas hasta las rodillas. 

Pero una tenía que ir o tenía que ir. Quilca era y es un lugar de obligatorio recorrido para todo rocker en Lima. No tenía miedo. Al contrario, el espacio me generaba una confianza y una sensación de libertad que no encontraba en mi casa, en un hogar de padre militar y madre ultra-católica, o en mi barrio, donde nunca faltaba un comentario o una mirada por cómo ibas vestida.

En Quilca, en cambio, podía ver a los anarcopunks con los pelos más variopintos, a los borrachos tirados en las aceras en un rincón del jirón charlando sobre el concierto de la noche pasada, o a los intelectuales y estudiantes buscando libros para sus trabajos. Todos en un mismo lugar, en coexistencia.

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El punk rock de mi generación me gustaba porque era música libre, que no tenía límites ni para hablar de amor, ni para hablar de política. Lo primero lo podía escuchar en cualquier rock radial, pero lo segundo solo lo podía encontrar en la escena independiente. Y yo preferí quedarme en esta última.

POGO EN UN CONCIERTO DE PURA MER-K. FOTO: RAÚL GARCÍA.

Lo que más me llamaba la atención de ir a los conciertos, era que los mismos músicos -que tocaban en el escenario-, en un rato más, aparecían al costado de una, así, entre el público. Inesperado, porque lo que veía en el televisor era que por un lado están los rockstars, y por otro, los fans, gritando y sufriendo por tocarlos o conocerlos. Pero aquí no ocurría eso. Nadie era más ni menos por ser músico o estar sobre una tarima. Luego bajaban y eran uno más del resto. Era la sensación más horizontal que había sentido en mi vida.

Pero… ¿era horizontal también si hablamos de género? ¿Qué pasaba cuando quienes cantaban o tocaban eran mujeres? ¿Qué ocurría con el público femenino? ¿Las chicas se metían al pogo? ¿Iban solas o acompañadas?

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Antes, en los 80, las poquísimas chicas que había en los conciertos limeños subtes solían ser las enamoradas de los músicos de las bandas. Y de las cantantes mujeres rockeras de entonces, la más conocida de la movida under fue Patricia Roncal, vocalista de la banda María T-ta y El Empujón Bruta’.

Era una cantante subte de los 80 a la que le tiraban cosas y escupían en los conciertos. Lo que ella hacía era, en sus palabras, ‘chongo-rock-teatral’, con canciones “interpretadas por los personajes femeninos caducos, caricaturizándolos y ridiculizándolos al máximos para que así haya un cuestionamiento de las chicas, para que haya una reacción de parte del público”, decía.

Era muy buena como show-woman, con su toque sarcástico, humorístico y cuestionador social, pero no tenía talento musical a decir de muchos subtes. Y qué importaba si sabía o no tocar la guitarra o cantar, si de eso se trataba el rock subte.

En los años 90, se podían ver algunas chicas. Pero, al inicio, no necesariamente como front woman de sus grupos. Tocaban la pandereta, acompañaban en los teclados, o hacían coros. Esas funciones cubrían, por ejemplo, Johanna San Miguel en los inicios de La Liga del Sueño; y las chicas Phoebe, Claudia y Rocío en Mar de Copas. Ambas bandas de rock pop.

A fines de la misma década ya podíamos encontrar a chicas liderando bandas. Destacaron, por ejemplo: Madre Matilda, banda de pop con un disco firmado por Sony Music con algunas canciones con rotación en medios nacionales y MTV; o Metadona, recordada banda de influencias punk y grunge noventeras, su vocalista continuaría liderando otro grupo más a inicios del siglo siguiente.

¿Algo estaba cambiando?

En la escena de los 2000, que es la que me ha tocado vivir de cerca, he visto a chicas talentosísimas encabezando bandas de rock. Dos de mis favoritas: Sandra Requena de Atómica y Claudia Maúrtua de Ni Voz Ni Voto.

“La experiencia de ser integrante mujer se nota más en vivo. Se nota el calor de la gente, que es distinto a que si fuera un cantante hombre. Se expresan diferente… en el buen sentido y en el mal sentido. Pero felizmente yo he tenido buenas experiencias con el público“, le decía Claudia Maúrtua a Pedro Cornejo en una entrevista

claudia maúrtua, vocalista y guitarrista de ni voz ni voto.

Por otro lado, Área 7, una banda de rock pesado conformada por mujeres, era calificada, por algunos, de ‘posera’, para comenzar, por los llamativos looks de sus integrantes. Varias veces les han lanzado insultos feroces en vivo y mucho más en redes sociales. Cuando Slipknot iba a tocar en Lima en el 2016, se eligió a Área 7 como banda telonera del evento, y de inmediato surgieron comentarios de todo calibre, cuestionando su talento, con opiniones sexistas y hasta amenazadoras. 

“Nos amenazaban con violarnos, tirarnos pichi, pegarnos”, dijo Diana Foronda, vocalista de la banda, a El Comercio, días después de anunciar que ya no serían parte del show para evitar recibir más violencia verbal. El comunicado se difundió en varios diarios locales.

Si nos gusta o no musicalmente su banda, lo podemos discutir. Pero no podemos debatir si el rock es o no un espacio para mujeres. Y un show no debería cancelarse por temor a que sus integrantes puedan ser violentadas. Ese argumento no debería tener pie, pero lamentablemente el temor era real. Una pena, mucha rabia.

La escena debería ser, así con esa obligatoriedad, también un espacio para más mujeres. Porque el rocanrol no tiene sexo.

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¿Y qué hay del público femenino en los conciertos de rock? En los 2000, nunca me he sentido la única o una de las pocas mujeres que asisten a estos eventos. Siempre había una veintena como yo, si era un local chico, o fácil más de una centena en los festivales medianos. Casi siempre entre amigas, como parte de las komunas o acompañando a sus enamorados. Pocas iban solas.

Si bien muchas veces he bajado con amigas, varias veces también he ido sola a los conciertos. “¿Qué tiene de raro? ¿Habría algo que temer?”, me decía mi yo punk interior que quería sentirse empoderada frente a los prejuicios del tipo ‘esa música es muy ruda y es para hombres’, ‘te pueden pegar en los pogos’, ‘esos conciertos se dan en lugares peligrosos’. Pero personalmente, nunca he sentido miedo en ningún concierto de rock, ni por la gente, ni por el lugar, y menos por el pogo. O fácil lo he superado sin darme cuenta.

crowd surfing en concierto de py0. foto: iván cardoso

Me gustaría que más chicas puedan ir a conciertas solas cuando así lo quieran. Y me gustaría también que no sientan temor ni en el pogo, ni de irse solas a la salida de los conciertos. Pero no todas corremos la misma suerte de salir ilesas en ambos casos.

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El pogo es, cuando los sonidos más ‘jarcors’ lo ameritan, casi un deporte extremo. Si te metes, sentirás una adrenalina a tope, y probablemente te dejen algunos moretones en las piernas o brazos dependiendo de la intensidad de los involucrados. Pero nadie te va a tirar un puñete que te apunte directamente a la cara. Si alguien se cae, siempre hay alguien que lo levanta. Así de simple. Es la ley del punk. Todos dan, todos reciben. Todos y todas, debiera ser.

Lo hermosamente raro y nuevo es que últimamente he visto algunos pogos especialmente conformado solo por chicas. Los he visto en los bordes de los pogos mayores/principales o en otras partes del público. No se trata de fuerzas menores, ni de menos adrenalina, de ninguna manera. Son como pequeños espacios que se van construyendo, tal vez porque se genera una mayor confianza de género. Tal vez porque son necesarios. Ah, y también, por supuesto, porque hay menor probabilidad de que te metan la mano, así de claro.

Cuando una chica se mete en el pogo ‘principal’, tiene que estar al tanto de dos cosas. Una, naturalmente, sostener suficiente equilibro y fuerza sobre sus propias piernas y puños, por si te topas con un mastodonte con síndrome de karateka. Y dos -y esto no porque ocurra con frecuencia en los conciertos, sino por precaución, porque vivimos en una sociedad machista, y la escena a veces no escapa de esta- hay que estar alerta y cuidar la retaguardia por si un salvaje sin autocontrol se atreve a rozarte.

Sostener el equilibrio y estar en alerta permanente. Cosas que una aprende en el camino, pero que sería mejor si no fuesen necesarias. Lamentablemente, lo son. Por ello, un pogo de chicas para muchas puede sentirse más seguro. Cuando, en realidad, deberíamos sentirnos seguras donde nos provoque estar.

foto: samuel girón.

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Por último, no son pocas las veces en las que he tomado un taxi sola para regresar a casa luego de un concierto. ¿He corrido el riesgo? Probablemente sí. ¿El truco? Lo de siempre: ir en el carro de un taxista con cara de abuelito, que da más confianza, o en un colectivo donde haya más mujeres que hombres, nunca quedarse dormida en el trayecto y hacer como si hablaras por teléfono con un familiar para que sepan que están al tanto de ti, o llamar de verdad. Aunque, felizmente, ahora hay más alternativas, como ir en taxis formales y seguros que solicitas desde una aplicación en tu celular, donde te sale la cara del conductor y puedes conocer la ruta por la que va, y así sentir que no te van a violar o robar en el camino.

Una vez paré un taxi en plena madrugada a la salida de un concierto, y lo primero que me dijo el chofer fue: “¿cuántos más son?”. Me pareció una pregunta rara, tal vez rara para mí que estoy acostumbrada a andar sola en la calle. Con tono obvio le dije: “solo una, solo yo”. Me llevó a casa y llegué normal como siempre.

Pero me quedé pensando en lo extraño que todavía se ve que una chica ande sola de noche, porque no se puede negar el peligro del acoso callejero al que una mujer está expuesta a cualquier hora del día y de la noche. Algo que no debería pasar.

¿Acaso no tenemos derecho a ocupar el espacio público a cualquier hora sin sentirnos amenazadas, sin tener miedo?

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Rockear en Lima como mujer, al fin, significa: aprender a ser libre escuchando la música que de verdad quieres, e ir a conciertos en espacios que, por definición, son libres para todos, pero también deberían serlo para todas.

Si asumes una identidad rockera, no de fin de semana, sino una que incluye música, estética, e incluso una ideología para la vida, te enfrentas a los prejuicios que hay sobre este género musical, aquellos que piensan que el viejo lema de ‘sexo, drogas y rocanrol’ sigue vigente y es peligroso para la moral de la sociedad, cuando hoy el rocanrol ha cambiado tanto en estilos musicales como en conductas, y ha encauzado mejor sus rebeldías.

Y si a esos prejuicios le sumas que eres mujer, le agregas el hecho de que otros piensen que esa música ‘bulliciosa’ y de lugares ‘subtes’, no es apropiada para señoritas, e incluso sus espacios son poco seguros.

¿Y entonces qué hacemos? ¿Nos quedamos escuchando las baladitas en inglés o bailando la canción del momento por enésima vez solo por encajar en círculos sociales muy comoditos?

concierto de los mortero. foto: iván cardoso

Pues, no. No nos da la gana. Entonces, tienes que apropiarte de esos espacios que también quieres que sean tuyos, porque nadie te los debería negar. Si quieres cantar, pues cantas y si lo haces bien pues continuas, y tarde o temprano te van a aplaudir. O en todo caso, eso debería pasar en el escenario más racional e ideal. Ya quisiéramos que por hacernos respetar se acabasen la mitad de nuestros problemas.

Que te puedas meter al pogo y vivir la adrenalina al máximo, mientras tanto desarrollas la habilidad de estar alerta para no acabar en el piso y para que no te metan la mano. Después de unos cuantos pogos, ya estarías lo suficientemente entrenada, no es cosa del otro mundo. Y si no te convence, hagamos más pogos de chicas. Y a la salida, nos vamos juntas, nos vamos solas, o no nos vamos.

Como queramos. Pero hagámoslo nosotras mismas, cual DIY, cual chica que rockea just like a woman.


[NOTA: «Rockear en Lima, just like a woman» fue originalmente publicado en la revista Malquerida, en el 2017, sin incluir las fotos aquí expuestas. La autora del texto es ahora editora de YouCanSayfuck.lamula.pe, y ha escrito un artículo sobre la participación de las mujeres en la historia del rock peruano en el libro "Alta tensión" (Contracultura, 2018), de Pedro Cornejo]


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Escrito por

escarlata

Diana Joseli. Editora DIY en YouCanSayFuck.lamula.pe. En twitter estamos como @youcansayfuck. Correo: contacto.ycsf@gmail.com


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